Jadeando, Sael llamó a la puerta y se sentó a esperar en la diminuta escalera de entrada. Froz tardaría en abrir; tenía que recorrer el largo pasillo desde el ordenador hasta el interruptor que le permitiría recibir a su cliente. En realidad, solo había dos metros desde la puerta del estudio hasta dicho botón, pero Froz tenía una concepción del espacio y del tiempo bastante particulares. Un metro representaba para él una distancia casi insalvable, al igual que "tardar poco" implicaba una semana de calmada reflexión. Sael ya estaba acostumbrado a este personaje, y no venía con la intención de regresar a su casa a tiempo para cenar.
La puerta le hizo la habitual advertencia con voz emulada.
- Si viene a entregar publicidad, está avisado de que será inútil. El capitalismo usa la publicidad como herramienta...
- Froz, apaga la grabación. Traigo un caso interesante.
- Si viene en calidad de cliente, y con la intención de remunerar el servicio que pretende solicitar, la puerta se abrirá al término de este mensaje. Entre y gire... -siguió la grabación.
- A la derecha, entrando por la puerta que tiene un jodido cuadro de Warhol. Froz, me conozco la planta baja de tu casa mejor que tú mismo. Déjame entrar de una jodida vez.
Tras un breve silencio (Sael pasó casi dos minutos sin realizar ningún movimiento, ni siquiera mostrando interés por levantarse del escalón), la puerta habló con voz humana.
- Pasa.
Sael empujó la puerta tras el pitido que indicaba que estaba abierta y entró a la penumbra del vestíbulo. Una escalera subía a la primera planta a la izquierda, pero los pisos superiores era algo que jamás vería. La casa de Froz se había convertido en un estudio con cama incluída. Un antro limpio, pero un antro.
Ignoró la puerta de la derecha, y entró por la de la izquierda, pasando las escaleras. Unos cuantos cables le dieron la bienvenida, y también estuvieron a punto de darle la última impresión de su vida. Enfrente, había una cama y un armario empotrado, y a la izquierda... a la izquierda se encontraba el mayor equipo informático que había visto en su vida. Casi toda la habitación estaba llena de cables, ordenadores, monitores y diversos aparatos de utilidad aún más diversa: escáneres, una impresora multifunción, un microscopio con conexión USB, un lector de huellas digitales,... y un chico de unos 17 años sentado en un sillón, pálido y con unas descuidadas greñas que le llegaban hasta los hombros. Tenía un peso medio, y no era especialmente alto. En resumen, podría pasar por un adolescente normal... si no se tenían en cuenta los pantalones de chándal de unas cuantas tallas más y la bata, aún más grande si cabe, que tapaba lo que probablemente sería la parte superior de un pijama. Iba descalzo, pero el pantalón le cubría los pies. De todas formas, había una estufa bastante potente junto a la cama, que mantenía la habitación a una temperatura normal.
Ese sillón era el hogar de Froz. El resto de la casa no era más que un conjunto de necesidades vitales cubiertas.
- Buenas tardes, Sael. ¿Cuál va a ser el camino que recorreré hasta mi sueldo este mes?
- Déjate de metáforas estúpidas. Un hombre se ha ahorcado en las viviendas de protección oficial del polígono, y la familia está convencida de que no tenía motivos.
- La estadística confirma que cuando la familia cree que el suicida no tenía motivos, éste padecía una depresión clínicamente terminal. Es muy probable que se equivoquen. ¿Le echo un vistazo al tema o te vale con eso?
Sael observó los claros ojos de Froz con expresión dubitativa. No sabía si lo decía en serio o no.
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Froz procedía de frozen. Había conocido al chico hacía un par de años, en un supermercado. Se encontraba en la sección de lácteos, cuando vió una persona llenando un carrito de botellas de batido de chocolate. Ya llevaba una gran cantidad de magdalenas, y a juzgar por su forma de distribuir las botellas, no tenía intención de comprar nada más.
Es buen momento para presentar a Sael. Era algo mayor que Froz; tenía 25 años, era alto, rubio y solía llevar el pelo corto. Había empezado a destacar en los estudios desde pequeño, con un talento increíble para almacenar información en poco tiempo. A los 14 años, tras una serie de cursos ignorados, acabó sus estudios preuniversitarios, y acabó su doctorado en psicología a los 20, aportando grandes avances al hasta entonces abandonado conductivismo. Los siguientes 3 años los había pasado trabajando para la policía en diversas partes de España, ayudando a cazar a los criminales que, por una razón u otra, conseguían mantenerse ocultos. Sael analizaba su modus operandi, y de ahí, tras un estudio, concluía algunos patrones de la conducta del individuo que ayudaban a su futura detención. Fue precisamente durante su estancia en Madrid por uno de estos casos cuando se tropezó con Froz. Pero continuemos con el tropiezo y dejemos las circunstancias previas.
Sael se acercó al chico, que tendría unos 15 o 16 años, obviamente preocupado por su aparentemente absurda dieta alimenticia.
- Perdona, no quiero ser entrometido, pero... ¿no crees que tendrás problemas de salud si te alimentas a base de bollería y leche con cacao y azúcar?
El chico le miró con una extraña expresión de desconcierto.
- ¿No resulta evidente que no se puede vivir a partir de cereales, grasas, leche y azúcar? Tengo suplementos proteínicos y vitamínicos en mi casa, además de algunos productos más, pero no vine al supermercado para hablar de mi dieta. Si me disculpa...
Mientras el adolescente hacía ademán de irse, Sael meditaba sobre lo que había escuchado. << Ha dicho que "obviamente" completa su dieta con pastillas, además de alimentos que por supuesto ingiere por placer, ya que tienen poca utilidad nutricional. Supongo que o sus padres no le hacen caso, o directamente vive solo. Le preguntaré, es curioso >>.
[...]
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Bueno, éste es otro de esos relatos que me da por escribir y nunca acabo (xD). Disculpad si me quedo ahí, pero es tarde y tengo muchísimo sueño. Ya seguiré otro día. Un saludo ^^
27 noviembre, 2009
06 noviembre, 2009
Makrür -1-
Intenté levantarme, pero aún no había conseguido que ninguna otra parte del cuerpo funcionase. El veneno seguiría actuando un rato -pensé-. Por fortuna, Daren había reconducido el combate hacia mi campo visual y podía ser testigo de todo. Era obvio que iba a desarmar a Galmis; al fin y al cabo, el yasura había demostrado ser todo un maestro de la esgrima negra. No iba a perder. No podía...
- Vamos, no eres capaz de moverte más rápido dada tu corpulencia, deja esto y lárgate, no voy a matarte -dijo Daren mientras bloqueaba un nuevo golpe del paladín-.
Galmis, como era usual en él, no mostró ningún signo de inquietud. Volvió a atacar un par de veces desde distintos ángulos, pero no retrocedió ni descuidó la defensa. Sin embargo, Daren sí consiguió acertarle de nuevo en su siguiente estocada, hiriéndole en el cuello de forma superficial. Y fue entonces, justamente entonces, cuando Galmis mostró su verdadera naturaleza.
Un hijo de la luz, un talari, hubiera comenzado a moverse a mayor velocidad y con mayor precisión, complicándole las cosas a Daren. Sin embargo, Galmis tensó los músculos, y las heridas se cerraron a gran velocidad. En ese momento, me fijé en sus ojos. Los había abierto por completo, y no pude ver el desmesurado brillo que se observaba en los otros miembros de la Estela. Los tenía de una extraña tonalidad azulada; eran añiles, pero un añil brumoso, parecido a un lago en cuyas aguas viviesen miles de criaturas. Un añil turbio, profundo, que inspiraba tranquilidad y a la vez inquietaba por su complejidad. Ahora sí entendí por qué Daren le superaba en velocidad: Galmis era un marow, no un talari. Había entrado en el cuerpo de paladines por su propia iniciativa.
Un converso.
Y Daren no podría herirle mientras desatara su naturaleza elemental.
Finalmente, todo encajaba. No era lento, no era torpe, simplemente sabía que iba a ganar el combate, de ahí su tranquilidad y su poco interés en atacar con estilo. Estaba en plena forma, y aún no había sido herido. Daren, en cambio, presentaba moratones a lo largo del cuerpo y estaba bastante cansado. La batalla seguía descompensada; mantenía la misma dirección, pero ahora el sentido era el opuesto.
- Vamos, no eres capaz de moverte más rápido dada tu corpulencia, deja esto y lárgate, no voy a matarte -dijo Daren mientras bloqueaba un nuevo golpe del paladín-.
Galmis, como era usual en él, no mostró ningún signo de inquietud. Volvió a atacar un par de veces desde distintos ángulos, pero no retrocedió ni descuidó la defensa. Sin embargo, Daren sí consiguió acertarle de nuevo en su siguiente estocada, hiriéndole en el cuello de forma superficial. Y fue entonces, justamente entonces, cuando Galmis mostró su verdadera naturaleza.
Un hijo de la luz, un talari, hubiera comenzado a moverse a mayor velocidad y con mayor precisión, complicándole las cosas a Daren. Sin embargo, Galmis tensó los músculos, y las heridas se cerraron a gran velocidad. En ese momento, me fijé en sus ojos. Los había abierto por completo, y no pude ver el desmesurado brillo que se observaba en los otros miembros de la Estela. Los tenía de una extraña tonalidad azulada; eran añiles, pero un añil brumoso, parecido a un lago en cuyas aguas viviesen miles de criaturas. Un añil turbio, profundo, que inspiraba tranquilidad y a la vez inquietaba por su complejidad. Ahora sí entendí por qué Daren le superaba en velocidad: Galmis era un marow, no un talari. Había entrado en el cuerpo de paladines por su propia iniciativa.
Un converso.
Y Daren no podría herirle mientras desatara su naturaleza elemental.
Finalmente, todo encajaba. No era lento, no era torpe, simplemente sabía que iba a ganar el combate, de ahí su tranquilidad y su poco interés en atacar con estilo. Estaba en plena forma, y aún no había sido herido. Daren, en cambio, presentaba moratones a lo largo del cuerpo y estaba bastante cansado. La batalla seguía descompensada; mantenía la misma dirección, pero ahora el sentido era el opuesto.
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